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Blanca Andreu


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Volver a Poesías de Amor

amanacer

Blanca andreu nacida en La Coruña, en 1959, está considerada como el punto de partida de la llamada Generación postnovísima de la poesía española.
Los temas principales en su obra son el amor, la infancia y el paso del tiempo.
Aunque sus cuatro primeras obras fueron escritas durante sus momentos de dolor, la poetisa ha declarado que éste le ha servido para evolucionar hacia una nueva etapa en la que su tendencia ha sido escribir una poesía más sencilla y profunda.

Poesías de Amor

Los Labios Impacientes de la Noche

Los labios impacientes de la noche te sanan mientras abren el olor de la piedra te conducen si acosan el alma de la piedra si el tierno corazón mineral beben es tu hora es la noche

así, dirás que te han robado como un vino novicio y te harás piedra aguda como un líquido agudo limpia como opio de oro y será s tregua tuya y alianza

así, dirás que la que es contigo y lleva un aire desigual a balanza entre estrellas la idéntica más favorable tu obra nocturna rara es la que muestra sonrisa y griterío palabras como estrellas y escucha un piano terso como una estrella, estrellas.

 

Dame la Noche que no Intercede

Dame la noche que no intercede, la noche migratoria con cifras de cigüeña, con la grulla celeste y su alamar guerrero, palafrén de la ola oscuridad. Dame tu parentesco con una sombra de oro, dame el mármol y su perfil leve y ciervo, como de estrofa antigua.

Dame mis manos degolladas por la noche que no intercede, palafrén de las más altas mareas, mis manos degolladas entre los altos cepos y las llamas lunares, mis manos migratorias por el cielo de agosto.

Dame mis manos degolladas por el antiguo oficio de la infancia, mis manos que sajaron el cuello de la noche, el destello del sueño con metáforas verdes, el vino blasonado que se quedó dormido.

Amor de los incendios y de la perfección, amor entre la gracia y el crimen, como medio cristal y media viña blanca, como vena furtiva de paloma: sangre de ciervo antiguo que perfume las cerraduras de la muerte.


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Como me Parecerá de Extraño
el Aire que me Envuelve

Cómo me parecerá extraño el aire que me envuelve, cómo será así extraño, cuando tú ya no estés, la catedral del día, el claustro que condensa la gran edad de la luz y el carácter de las tormentas.

Amor mío, amor mío, tú sin día para ti, enjambrado entre espejos y entre las cosas malas, muerta la plata trascendental y las ya antiguas anémonas de égloga, muerta esta versión, que ahora oscuro, y declino, para leerla, más joven.

Amor mío de nunca, afiebrado y pacífico, versos para el pequeño pulpo de la muerte, versos para la muerte rara que hace la travesía de los teléfonos, para mi mente debelada versos, para el circuito del violín, para el circuito de la garza, para el confín del sur, del sueño, versos que no me asilen ni sean causa de vida, que no me den la dulce serpiente umbilical ni la sala glucosa del útero.

 

Cinco Problemas para Abdicar

Cinco poemas para abdicar, para que sean un destello terrestre en mi tránsito mientras el vaivén de mi cuerpo me dote de viejo sueño y tenga un altar adornado, mientras mis ojos suspendan la aspersión del líquido más breve, abandonen su aire lacustre y la ligereza de la lágrima cóncava en donde beben grullas y otras zancudas con pie de bailarina, mientras mis manos sean hangares en las salinas negras para aviones de turbios vuelos, mientras el súcubo murciélago diga en mi oído espuma y diga oscuridad en las marineras negras.

Cinco poemas para la marcha en el paisaje de sábana de hilo, un páramo es encaje antepasado, iniciales bordadas hace ya tres mil días y alguna mancha de amor.

Cinco poemas como cinco frutos cifrados o como cinco velas para la travesía: el primero hacia aquella a la que nadie ve en la vaga velada del lago: un resquicio de abril para Virginia, porque amó a las mujeres.

El segundo para mi amor: sé bien que encima de mis heridas busco la alondra de tus heridas, sé bien que encima de mis heridas una cigüeña pone sus huevos. Encima de tus heridas las ramas de los nervios se han dormido y ahora son alas, páginas, oleaje, seres verdes.

Encima de mis heridas yo descubro una tela desventurada y ocre, rasgada de enemigos, o una palabra emborrachada por el lacre. Pero cuando me duerma ya no te querré.

El tercero para la casa que cae y el álamo vihuela o jardín bello, para el ángel que guarda a la lombriz, para todo lo que es pueril o leve y que clava submarinos anzuelos en los ojos adultos.

El tercero es para el corazón de la raíz y para la cerrada tierra de los estambres, para la lluvia seria de las siestas del norte, mala como una institutriz. Dile que no se meta en los salones y los llene de gafas estrujadas. Ay, dile que no espante los espejos de mirada niña.

Había tres balcones sangrantes, había tres balcones como tres heridas incurables del muro, había tres balcones y siete temblorosos escabeles. Ay, dile que no asuste las palabras palomas, que no deje que vayan batiendo un aire usado con alas de cuchillo. Las palabras apátridas de mi tercer poema que no me muerdan las mejillas y las sonatas que yo no toqué nunca, que no cesen, ni el pequeño cuaderno de Ana Magdalena. Yo no dije: ¡silencio!, y ahora el réquiem se teje con seres y desastres consanguíneos. Dejadme las hortensias vestidas de pupilas, con traje de mirada, esa campana vegetal que ya no suena y llora un zumo epílogo, y las magnolias catalejos, y aquel sillar tan grande como el siglo más cíclope. Yo no dije: ¡silencio! pero me fui bebiendo vino de exilio en la boca de piedra, bebiendo fermentado líquido migratorio, los ramos de las tórtolas de agosto y el eco de la casa que se cae.

Veo que no sobrevive el alma alta del muro, la espuma voladora borracha de gaviotas, el ángel que cuidaba la cucaracha de uva y la lombriz, ni ningún pájaro como lágrima póstuma y celeste, ni la resina tañendo su ámbar triste, ni tampoco las malvas, las violentas, las verdes partituras.

El cuarto es para mi amor. Amor mío, sé bien que no te escupirá mi sueño y que tu cuello no será sajado por el filo último de mi sueño, que no te insultará el hiriente corazón de mi sueño, porque si duermo ya no te querré. Sé bien que busco encima de mis heridas el escorpión de oro de tus heridas. Sé bien que encima de mis heridas sólo habita la imagen encalada de mi muerte. Y por eso voy a asesinar con la virgen cuchilla barbitúrico la muchedumbre de heroicos locos que entonan para mí la pesadilla y el bostezo, amor mío, sin asomar por la ventana fuegos viejos, frescas cenizas, familias errantes de soles.

Mi amor para la imagen encalada de mi muerte, para la cal que se come a los niños, para mi último caballo, oro, sobre asfalto celeste y el huele astral de abril. Sé bien que galoparé en negro porque negro es el color de los sueños, negras las manos de la intimidad, y sin espuelas, y sin bridas, porque las espuelas son el poder, la aberración, estrellas de tijera y abismo.

El quinto para mi caballo, para cuando ya estemos sucediendo como dos estaciones o dos días iguales.

 

frases rafaela vilchez

 

En la India

¿Quién eres tú, misteriosa
paloma vegetal de las aguas
perfumada estrella viviente?
-Cuando alza el azafrán como un monarca
su morada corona
y hace brillar su pistilo escarlata
del color de unos labios diciendo: “cosechadme”
y las lentejas de agua
y las castañas de agua
abren sus verdes ojos y pasean por el lago
yo lanzo mis raíces
a las profundidades
navego
por debajo
en un viaje de muerte
como el amor terrible
atravieso el olvido
y llego hasta la tierra sub-acuática
como a un palacio negro
y allí entro
sombrío, soberano
a comenzar mi historia
y entonces
vivo contra las aguas
desde la tierra al cielo
como el amor real
subo
y entonces soy
corazón blanco en las manos del río
soy nube anclada
de salvajes raíces
soy el suave
cordero
de las lagunas:
la rosa de Siddhartha.

 

Dos

Y casi espíritu de fuego, casi la empuñadura de una idea del fuego
aire de pájaro o espada, pero espía,
en tu interior hay ciervos y prodigios,
acaso un charco de oro.

 

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