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Poesías de Amor
Concepción Arenal


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Concepción Arenal nació en El Ferrol, Galicia. Después de la muerte de su madre, en 1842, Concepción, para poder asistir a la Universidad Complutense, y tomar clases en la Facultad de Derecho, se vestía de hombre. Concepción Arenal escribió mucho, en particular sobre temas judiciales y sociales.
Uno de los aspectos más progresistas de Concepción Arenal es su consideración de la mujer como ser humano marginado.
Como escritora, Concepción Arenal eligió el género epistolar y el folletín.
Concepción Arenal no sólo abrió las puertas a las mujeres a la vida social y laboral, sino que se constituyó en una experta en derecho penitenciario y medicina hospitalaria a nivel internacional.
Por si fuese poco, escribió novelas, obras de teatro, zarzuelas y poesía.

Poetisa Concepción Arenal

La Verdad en la Feria

Polvos de no envejecer Pregonaba en una feria Un hombre de mejor traza Que tienen por común regla Los que a explotar se dedican La credulidad ajena.

Unos por ver cómo miente, Otros por ver qué revela, Los más sin saber por qué, En gran número le cercan. El repite su pregón Diciendo que la experiencia Excepción no ha presentado Ninguna, grande o pequeña, Que la admirable eficacia De aquellos polvos desmienta.

Crece la curiosidad, Crece la bulla y la gresca, Unos empujan y ríen En tanto que otros reniegan;

En fin, otros impacientes Sacan algunas monedas Y al punto en cambio reciben De los polvos la receta.

Desdobláronla curiosos E impacientes de leerla.

Decía así: «Corporal La gallardía y la fuerza, Los atractivos y encantos De eso que llaman belleza

Gócese mientras se tiene, Mas siempre en poco se tenga, Que en breve el tiempo la arrastra Como el viento una hoja seca.

Mas la hermosura del alma El tiempo no se la lleva.

Quien aprende lo que es útil Y lo que sabe aprovecha, Quien conforme a su aptitud Cultiva el arte o la ciencia,

Quien de las malas pasiones El perverso instinto enfrena, La felicidad buscando Donde estar puede, en las buenas,

Sus atractivos hará Que estén del tiempo a la prueba, Y aquí de no envejecer El gran secreto se encierra.»

La gente que se esperaba Hallar cosas estupendas Grita del chasco corrida: «¡Pues trae noticias frescas! ¿Y por esto el gran bribón Nuestro dinero nos lleva?»

Enarbolan los garrotes, Amenázale con piedras, El hombre ya intimidado Les devuelve las monedas Y huyendo la silba y grita Base a la casa más cerca.

Era el amo hombre discreto De buen juicio y alma recta, Y acogiéndole benigno Le dijo de esta manera:

«¡Pero hombre de mis pecados! ¿Habéis tenido la idea De dar al pueblo razones Cuando prodigios desea Y creído que a pagarlas Iba en corriente moneda?

Dijerais que vuestros polvos Se hacían con unas yerbas Que crecen en las orillas De un río que corre en Persia,

Mezclando el asta de un ciervo Que viene de Filadelfia, El pico de un avestruz, El diente de una culebra,

Y una lava portentosa Que de Islandia se acarrea, Cogida con grave riesgo De los cráteres del Yecla.

Con estos y otros dislates Quedara muy satisfecha La gente, buscara luego El pico, el diente, las yerbas

Y el mineral, por boticas, Por droguerías y tiendas, Y vos quedarais pagado Dejándola así contenta.»

«¿Y después?. «Se iban a casa». «¿Y yo?». «Ibais a otra feria». «¿Que debe mentirse al vulgo Sacáis en consecuencia?»

«No lo digo hablando en serio Aunque tal vez lo merezca, Ya que aplaude al que le engaña Y escarnece al que le enseña.

Mas digo que la razón, Y esto propio afirma ella, Es género poco usado Que no halla en la plaza venta, Y reservarle es cordura Para alguno que le quiera.»

«¿Y vivir oscurecido Y tal vez en la miseria?» «Es posible». «¿Y presenciar De un impostor la opulencia?»

Posible también». «¿Y ver Cómo una inmoral leyenda En que el misterio del crimen Con cinismo se revela,

Una historia monstruosa De insulsas fábulas llena, Un drama que ni el pudor Ni el buen sentido respeta,

Otro que acordarnos hace Del gran cerco de Viena A sus autores procuran Honores, fama y hacienda, Mientras oscuro y hambriento Sucumbe un hombre de ciencia?

Yo creí que la excepción Esa que decís fuera Y lo juzgo todavía.» «Pues amigo, no, es la regla.»

«¿Y pensáis que tal desorden Mucho tiempo durar pueda?» «No sólo temo que dure.» «¿Pues qué teméis?» «Que crezca.

¿Por ventura se estimula Con honores ni riquezas Al que en útiles estudios Consume su vida entera?

¿Por ventura se persigue, Ni aun en la forma indirecta, Al que especula en decir Lo que ignorarse debiera,

Y del crimen al formar La escandalosa epopeya, No bastándole copiar Fecundo en maldad inventa?

¿Por ventura en este siglo Son tan vivas las creencias Que se haga el bien por el bien Sin esperar recompensa, Y se rehúse del mal La lucrativa carrera?

Mientras los hombres de estado, Los que dicen que gobiernan, De lo que es gobierno y orden No se formen otra idea;

Mientras juzgue inapreciable A todo escritor la venta Que desdeña lo que instruye Y busca lo que deleita;

Mientras triunfe la ignorancia Y trocadas las ideas La libertad de hacer mal Llamada libertad sea,

No faltará quien explote Mina de tan rica vena, Ni quien verdades se calle, Ni quien por dinero mienta, Ni quien tome la lección Que a usted le han dado en la feria.»


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El Espejo y la Verdad

En uno de los viajes Que tuvo la mala idea De hacer no sé con qué objeto La Verdad sobre la tierra, Oyó de un espejo amigo Sentidas y amargas quejas.

«¿De qué me sirve decía Que, fiel a tus advertencias, Repita forma y colores Con semejanza perfecta,

Lo mismo al pobre mendigo Y al que nada en la opulencia, Al labrador y al herrero Como a los reyes y reinas, Y diga la verdad pura Sin rodeos ni cautelas?

Bance de mí satisfechos, Aunque increíble parezca, Igualmente los hermosos Que los de horrible presencia. Digo a un viejo: «Esa peluca Se ve desde media legua.» Y él va muy hueco pensando «Nadie que es peluca acierta.»

Dígale: «Tienes arrugas», A una remilgada vieja, Y ella piensa allá entre sí: «Pues tengo la cara tersa.»

Pónese el chato narices, Otro va y se las cercena, El gordo se quita carnes, El que es flaco las aumenta,

Multiplicase el pequeño, El que es muy alto se resta, Y, en fin, a ninguno he oído: «¡Qué feo soy! o «¡qué fea!»

Si algún remedio eficaz No buscas de esta epidemia, Teme que tu santo imperio Del mundo desaparezca.»

«No, respondió la Verdad Con la faz grave y serena Mi dominación es justa Y será por eso eterna.

Si tal vez por excepción Se sustrae el hombre a ella, Esta excepción que te irrita Casos hay en que aprovecha.

Di: ¿si sordo el amor propio A tus verdades no fuera, Cómo se consolarían Los horribles y las feas?

¿Qué mal hay si va una joven, Muy erguida y satisfecha, Su fealdad ostentando Como si fuera belleza?

¡Es ridícula! ¿Qué importa Siempre que dichosa sea? Abunda la vanidad Porque el mérito escasea, Y en paz vive cada cual Ignorando su miseria.»

Al ver un ente risible Que hueco se pavonea, Más vano por sus defectos Que otros hay con sus bellezas,

Los sabios de brocha gorda El absurdo cacarean, Y el hombre bueno y prudente Bendice a la Providencia.

 

La Pera Verde y Podrida

Iba un día con su abuelo Paseando un colegial, Y debajo de un peral Halló una pera en el suelo.

Mírala, cógela, muerde, Mas presto arroja el bocado Que muy podrido de un lado Estaba, y del otro verde.

«Abuelo, ¿cómo será Decía el chico escupiendo Que esta pera que estoy viendo Podrida aunque verde está?.»

El anciano con dulzura Dijo: «Vínole ese mal Por caerse del peral Sin que estuviera madura.»

Lo propio sucede al necio Que estando en la adolescencia Desatiende la prudencia De sus padres con desprecio.

Al que en sí propio confía Como en recurso fecundo E ignorando lo que es inundo Engólfase en él sin guía.

Quien así intenta negar La veneración debida En el campo de la vida Se pudre sin madurar.

 

El Rió y el Arroyo

Naciendo uno de ella al par El otro en remoto suelo, Un río y un arroyuelo Llegaban juntos al mar.

En ancho cauce y profundo Turbio corría el primero; Estrecho, claro y somero Desliz base el segundo.

Huyendo la muchedumbre Y de un niño en compañía, Un hombre a dar acudía Su paseo de costumbre.

Este rato de solaz Aprovechóle en correr, Hizo gana de beber Y beber quiso el rapaz.

Díjole el padre: «No ves Que estás en sudor bañado? Reposa un tanto a mi lado Para que bebas después».

El muchacho obedeció, Que era de condición buena, Y sentándose en la arena A refrescarse esperó.

Como está impaciente, muda Una y otra vez de asiento, Mas parándose un momento, Formal expone una duda:

«Por qué será, padre mío, Esto que siempre reparo?: ¿Cómo está el arroyo claro Y no lo está nunca el río?.»

«Hijo, allí cerca del mar Nace puro el arroyuelo, Y nada encuentra en el suelo Con que se pueda enturbiar;

Si hallare casualmente Tierra que enturbiarle deba, Nunca a los mares la lleva Su escasa y débil corriente.

Viene de lejanas tierras Este río caudaloso Y por terreno fangoso Y por montes y por sierras.

Y pasa por las ciudades Cuya inmundicia, hijo mío, Enturbia el agua del río Como el alma sus maldades.

Y más la orilla dilata Y cada vez más potente, Su irresistible corriente Todo al pasar lo arrebata.

Enturbiado éste y profundo, Claro y no profundo aquél, Nos presenta un cuadro fiel De lo que pasa en el mundo:

El que apacible y serena Busca sencilla la vida, ¿Habrá cosa que le impida Hallarla dichosa y buena?

Mas sintiendo la inquietud De alguna grande pasión Peligra en el corazón La ventura y la virtud.

No olvides nunca, hijo mío, Que es difícil, te lo juro, Ser como el arroyo puro Y ser grande como el río.»

 

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