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Poesías de Rosalía
de Castro


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Volver a Poesías de Amor

Rosalía de Castro nació el 24 de febrero de 1837 en Compostela. Compuso sus primeros versos a la edad de 12 años.
La Rosalía que a los 17 años era figura destacada en la sociedad literaria del "Liceo de la Juventud", se impregnó del ambiente romántico que entonces reinaba en Santiago.

Poesías de Amor

A la Luna

¡Con qué pura y serena transparencia brilla esta noche la luna! A imagen de la cándida inocencia, no tiene mancha ninguna.

De su pálido rayo la luz pura como lluvia de oro cae sobre las largas cintas de verdura que la brisa lleva y trae.

Y el mármol de las tumbas ilumina con melancólica lumbre, y las corrientes de agua cristalina que bajan de la alta cumbre.

La lejana llanura, las praderas, el mar de espuma cubierto donde nacen las ondas plañideras, el blanco arenal desierto,

la iglesia, el campanario, el viejo muro, la ría en su curso varia, todo lo ves desde tu cenit puro, casta virgen solitaria.

Todo lo ves, y todos los mortales, cuantos en el mundo habitan, en busca del alivio de sus males, tu blanca luz solicitan.

Unos para consuelo de dolores, otros tras de ensueños de oro que con vagos y tibios resplandores vierte tu rayo incoloro.

Y otros, en fin, para gustar contigo esas venturas robadas que huyen del sol, acusador testigo, pero no de tus miradas.

Y yo, celosa como me dio el cielo y mi destino inconstante, correr quisiera un misterioso velo sobre tu casto semblante.

Y piensa mi exaltada fantasía que sólo yo te contemplo, y como que es hermosa en demasía te doy mi patria por templo.

Pues digo con orgullo que en la esfera jamás brilló luz alguna que en su claro fulgor se pareciera a nuestra cándida luna.

Mas ¡qué delirio y qué ilusión tan vana esta que llena mi mente! De altísimas regiones soberana nos miras indiferente.

Y sigues en silencio tu camino siempre impasible y serena, dejándome sujeta a mi destino como el preso a su cadena.

Y a alumbrar vas un suelo más dichoso que nuestro encantado suelo, aunque no más fecundo y más hermoso, pues no le hay bajo del cielo.

No hizo Dios cual mi patria otra tan bella en luz, perfume y frescura, sólo que le dio en cambio mala estrella, dote de toda hermosura.

Dígote, pues, adiós, tú, cuanto amada, indiferente y esquiva; ¿qué eres al fin, ¡oh, hermosa!, comparada al que es llama ardiente y viva?

Adiós... adiós, y quiera la fortuna, descolorida doncella, que tierra tan feliz no halles ninguna como mi Galicia bella.

Y que al tornar viajera sin reposo de nuevo a nuestras regiones, en donde un tiempo el celta vigoroso te envió sus oraciones,

en vez de lutos como un tiempo, veas la abundancia en sus hogares, y que en ciudades, villas y en aldeas han vuelto los ausentes a sus lares.


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Cuido una Planta Bella

Cuido una planta bella que ama y busca la sombra, como la busca un alma huérfana, triste, enamorada y sola, y allí donde jamás la luz del día llega sino a través de las umbrosas ramas de un mirto y los cristales turbios de una ventana angosta, ella vive tan fresca y perfumada, y se torna más bella y más frondosa, y languidece y se marchita y muere cuando un rayo de sol besa sus hojas.

Para el pájaro el aire, para el musgo la roca, los mares para el alga, mayo para las rosas; que todo ser o planta va buscando su natural atmósfera, y sucumbe bien pronto si es que a ella oculta mano sin piedad la roba.

Sólo el humano espíritu al rodar desquiciado desde su órbita a mundos tristes y desolados, ni sucumbe ni muere; que del dolor el mazo fuerte, que abate el polvo y que quebranta el barro mortal, romper no puede ni desatar los lazos que con lo eterno le unen por misterioso arcano.

Por eso yo que anhelo que el refulgente astro del día calor preste a mis miembros helados, aún aliento y resisto sin luz y sin espacio, como la planta bella que odia del sol el rayo.

Ya que otra luz más viva que la del sol dorado y otro calor más dulce en mi alma penetrando me anima y me sustenta con su secreto halago y da luz a mis ojos por el dolor cegados.

 

Dos Palomas

Dos palomas yo vi que se encontraron cruzando los espacios y al resbalar sus alas se tocaron...

Cual por magia tal vez, al roce leve las dos se estremecieron, y un dulce encanto, indefinible y breve, en sus almas sintieron.

Y torciendo su marcha en un momento al contemplarse solas, se mecieron alegres en el viento como un cisne en las olas.

Juntáronse y volaron unidas tiernamente, y un mundo nuevo a su placer buscaron y otro más puro ambiente.

Y le hallaron al fin, y el nido hicieron en blanda cama de azucena y rosas, y en ella se adurmieron con las libres y blancas mariposas.

Y al despertar sus picos se juntaron, y en la aurora luciente sus caricias de amor se retrataron como sombra riente.

Y en nubes de oro y de zafir bogaban cual ondulante nave en la tranquila mar, y se arrullaban cual céfiro suave.

Juntas las dos al declinar del día cansadas se posaban, y aun los besos el aura recogía que en sus picos jugaban.

Y así viviendo inmarchitables flores sus días coronaron, y nunca los amargos sinsabores sus delicias turbaron.

¡Felices esas aves que volando libres en paz por el espacio corren de purísima atmósfera gozando!


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Un Recuerdo

¡Ay, cómo el llanto de mis ojos quema!... ¡Cuál mi mejilla abrasa!... ¡Cómo el rudo penar que me envenena mi corazón traspasa!

Cómo siento el pesar del alma mía al empuje violento del dulce y triste recordar de un día que pasó como el viento.

Cuán presentes están en mi memoria un nombre y un suspiro... Página extraña de mi larga historia, de un bien con que deliro.

Yo escuchaba tina voz llena de encanto, melodía sin nombre, que iba risueña a recoger mi llanto... ¡Era la voz de un hombre!

Sombra fugaz que se acerco liviana vertiendo sus amores, y que posó sobre mi sien temprana mil cariñosas flores.

Acarició mi frente que se hundía entre acerbos pesares; y lleno de dulzura y de armonía díjome sus cantares.

Y ¡ay!, eran dulces cual sonora lira, que vibrando se siente en lejana enramada, adonde expira su gemido doliente.

Yo percibí su divinal ternura penetrar en el alma, disipando la tétrica amargura que robara mi calma.

Y la ardiente pasión sustituyendo a una fría memoria, sentí con fuerza el corazón latiendo por una nueva gloria. Dicha sin fin, que se acercó temprana con extraños placeres, como el bello fulgor de una mañana que sueñan las mujeres.

Rosa que nace al saludar el día, y a la tarde se muere, retrato de un placer y una agonía que al corazón se adhiere.

Imagen fiel de esa esperanza vana que en nada se convierte; que dice el hombre en su ilusión mañana, y mañana es la muerte.

Y así pasó: Mi frente adormecida volvióse luego roja; y trocóse el albor de mi alegría, flor que, seca, se arroja

Calló la voz de melodía tanta y la dicha durmió; y al nuevo resplandor que se levanta lo pasado murió.

Hoy sólo el llanto a mis dolores queda, sueños de amor de corazón, dormid: ¡Dicha sin fin que a mi existir se niegan gloria y placer y venturanza huid!...

 

Margarita

¡Silencio, los lebreles de la jauría maldita! No despertéis a la implacable fiera que duerme silenciosa en su guarida. ¿No veis que de sus garras penden gloria y honor, reposo y dicha?

Prosiguieron aullando los lebreles... —¡los malos pensamientos homicidas!— y despertaron la temible fiera... —¡la pasión que en el alma se a dormía!— Y ¡adiós! en un momento, ¡adiós gloria y honor, reposo y dicha!

Duerme el anciano padre, mientras ella a la luz de la lámpara nocturna contempla el noble y varonil semblante que un pesado sueño abruma.

Bajo aquella triste frente que los pesares anublan, deben ir y venir torvas visiones, negras hijas de la duda.

Ella tiembla..., vacila y se estremece... ¿De miedo acaso, o de dolor y angustia? Con expresión de lástima infinita, no sé qué rezos murmura. Plegaria acaso santa, acaso impía, trémulo el labio a su pesar pronuncia, mientras dentro del alma la conciencia contra las pasiones lucha.

¡Batalla ruda y terrible librada ante la víctima, que muda duerme el sueño intranquilo de los tristes a quien ha vuelto el rostro la fortuna!

Y él sigue en reposo, y ella, que abandona la estancia, entre las brumas de la noche se pierde, y torna al alba, ajado el velo..., en su mirar la angustia.

Carne, tentación, demonio, ¡oh!, ¿de cuál de vosotros es la culpa? ¡Silencio...! El día soñoliento asoma por las lejanas alturas, y el anciano despierto, ella risueña, ambos su pena ocultan, y fingen entregarse indiferentes a las faenas de su vida oscura.

La culpada calló, mas habló el crimen... Murió el anciano, y ella, la insensata, siguió quemando incienso en su locura, de la torpeza ante las negras aras, hasta rodar en el profundo abismo, fiel a su mal, de su dolor esclava.

¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo hacer traición a su virtud sin mancha, malgastar las riquezas de su espíritu, vender su cuerpo, condenar su alma? Es que en medio del vaso corrompido donde su sed ardiente se apagaba, de un amor inmortal los leves átomos, sin mancharse, en la atmósfera flotaban.

Desde los Cuatro Puntos Cardinales

Desde los cuatro puntos cardinales de nuestro buen planeta —joven, pese a sus múltiples arrugas—, miles de inteligencias poderosas y activas para ensanchar los campos de la ciencia, tan vastos ya que la razón se pierde en sus frondas inmensas, acuden a la cita que el progreso les da desde su templo de cien puertas.

Obreros incansables, yo os saludo, llena de asombro y de respeto llena, viendo cómo la Fe que guió un día hacia el desierto al santo anacoreta, hoy con la misma venda transparente hasta el umbral de lo imposible os lleva. ¡Esperad y creed!, crea el que cree, y ama con doble ardor aquel que espera.

Pero yo en el rincón más escondido y también más hermoso de la tierra, sin esperar a Ulises, que el nuestro ha naufragado en la tormenta, semejante a Penélope tejo y destejo sin cesar mi tela, pensando que ésta es del destino humano la incansable tarea, y que ahora subiendo, ahora bajando, unas veces con luz y otras a ciegas, cumplimos nuestros días y llegamos más tarde o más temprano a la ribera.

 

Volved

Bien sabe Dios que siempre me arrancan tristes lágrimas aquellos que nos dejan, pero aún más me lastiman y me llenan de luto los que a volver se niegan. ¡Partid, y Dios os guíe!..., pobres desheredados, para quienes no hay sitio en la hostigada tierra; partid llenos de aliento en pos de otro horizonte, pero... volved más tarde al viejo hogar que os llama.

Jamás del extranjero el pobre cuerpo inerte, como en la propia tierra en la ajena descansa.

Volved, que os aseguro que al pie de cada arroyo y cada fuente de linfa trasparente donde se reflejó vuestro semblante, y en cada viejo muro que os prestó sombra cuando niños erais y jugabais inquietos, y que escuchó más tarde los secretos del que ya adolescente o mozo enamorado, en el soto, en el monte y en el prado, dondequiera que un día os guió el pie ligero..., yo os lo digo y os juro que hay genios misteriosos que os llaman tan sentidos y amorosos y con tan hondo y dolorido acento, que hacen más triste el suspirar del viento cuando en las noches del invierno duro de vuestro hogar, que entristeció el ausente, discurren por los ámbitos medrosos, y en las eras sollozan silenciosos, y van del monte al río llenos de luto y siempre murmurando: «¡Partieron...! ¿Hasta cuándo? ¡Qué soledad! ¿No volverán, Dios mío?»

Tornó la golondrina al viejo nido, y al ver los muros y el hogar desierto, preguntóle a la brisa: —¿Es que se han muerto? Y ella en silencio respondió: —¡Se han ido como el barco perdido que para siempre ha abandonado el puerto!

 

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Las Campanas

Yo las amo, yo las oigo cual oigo el rumor del viento, el murmurar de la fuente o el balido del cordero.

Como los pájaros, ellas, tan pronto asoma en los cielos el primer rayo del alba, le saludan con sus ecos.

Y en sus notas, que van repitiéndose por los llanos y los cerros, hay algo de candoroso, de apacible y de halagüeño.

Si por siempre enmudecieran, ¡qué tristeza en el aire y el cielo!, ¡qué silencio en las iglesias!, ¡qué extrañeza entre los muertos!

 

En Sus Rasgados Azules

En sus ojos rasgados y azules, donde brilla el candor de los ángeles, ver creía la sombra siniestra de todos los males.

En sus anchas y negras pupilas, donde luz y tinieblas combaten, ver creía el sereno y hermoso resplandor de la dicha inefable.

Del amor espejismos traidores, risueños, fugaces... cuando vuestro fulgor sobrehumano se disipa... ¡qué densas, qué grandes son las sombras que envuelven las almas a quienes con vuestros reflejos cegasteis

 

Te Amo ¿Por que me Odias?

—Te amo... ¿por qué me odias? —Te odio... ¿por qué me amas? Secreto es éste el más triste y misterioso del alma.

Mas ello es verdad... ¡Verdad dura y atormentadora! —Me odias, porque te amo; te amo, porque me odias.

 

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